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enero/marzo 2000   

 

CONFLICTOS NORTE-SUR EN AMIGOS DE LA TIERRA
¿Será que se está generando una fractura Norte-Sur, ya no solamente en el movimiento ecologista en general sino también al interior mismo de Amigos de la Tierra Internacional? Se suele suponer, con cierto grado de superficialidad, que los grupos ecologistas del Sur están decididos a seguir una línea de resistencia contra las empresas multinacionales que trasciende las preocupaciones referidas solamente a los impactos ambientales, para encarar también los lazos entre economía y poder, temas de identidad cultural y la salvaguardia del poder de decisión local y nacional. Asimismo, se suele suponer que los grupos del Norte tienden a orientar más sus acciones hacia campañas tácticas ejemplarizantes enfocadas sobre alguna empresa en particular, sin excluir tampoco la posibilidad de entrar en relación con ellas a fin de llegar a acuerdos sobre reformas o mejoras, que eventualmente darían por terminada la campaña.
Una demarcación tan simplista como la que acabamos de describir hace aparecer las acciones del Sur como ingenuas, extremistas o ineficaces, mientras se sospecha que las del Norte son oportunistas, que fomentan la colaboración y el compromiso y que refuerzan las estructuras de poder mundiales.

Nuestras fuerzas

Yo considero apropiado que nosotros confrontemos esas tensiones. Pero antes de hacerlo, es igualmente importante reconocer el respeto que nos merecen los grupos y personas que constituyen Amigos del Tierra Internacional.
En primer lugar, nuestros grupos tanto del Norte como del Sur son organizaciones radicales, ferozmente independientes y sin ataduras partidarias ni económicas. Tanto en el Norte como en el Sur hemos rechazado financiamiento, a nivel personal como organizativo, a fin de preservar nuestra independencia, incluso a costa de bajos salarios y hasta la pérdida del empleo para parte de nuestro personal. Tanto en el Norte como en el Sur tenemos funcionarios y voluntarios que han sido vigilados, amenazados, arrestados, apaleados e incluso, que han perdido la vida en circunstancias por demás misteriosas. Miremos nomás los casos de Nigeria, Eslovaquia, Costa Rica, Estonia, El Salvador, Indonesia, Inglaterra ... y la lista continúa.
En segundo lugar, debemos reconocer que más allá de las discusiones que podamos tener entre nosotros acerca de los méritos de los conceptos de espacio ambiental y deuda ecológica como medidas e indicadores del desarrollo sustentable, conjuntamente hemos fijado una agenda radical que supera la capacidad y la voluntad política que tienen actualmente los gobiernos y las empresas para satisfacerla.
En tanto que movimiento mundial ecologista fundado en la independencia política y económica, en sólidas investigaciones, en experiencia de base y activismo radical, no cabe duda que Amigos de la Tierra Internacional es única en el mundo.

Los desafíos que enfrentamos

Sin embargo esto no quiere decir que no debamos examinar algunas preocupaciones e inquietudes muy arraigadas. En mi experiencia, hay tres estribillos que se repiten permanentemente: desde el Sur, acerca del modo en que hacemos campañas y sobre nuestra postura frente al sector empresarial; y desde el Norte, sobre cómo hacer para que nuestra agenda tenga relevancia.
Veamos primero la arquitectura de nuestras campañas. No cabe duda que nuestras campañas están diseñadas fundamentalmente en base a las experiencias del Norte. Esta crítica quizás pueda sorprender e incluso herir a nuestros dedicados activistas de campañas en los grupos del Norte. Después de todo, ATI cuenta con un extenso historial de campañas eficaces de acoso y desenmascaramiento de empresas que han contaminado nuestro ambiente y estropeado nuestros recursos naturales. Nuestras campañas han sido sumamente eficaces en atraer a la prensa y hemos hecho el mejor uso de recursos siempre escasos. De ese modo hemos podido hacer blanco en empresas como Río Tinto Zinc, Shell y Monsanto con efectos importantes.
Para muchos grupos del Sur el diseño de campañas se basa en estrategias de largo plazo. La idea de una campaña corta e intensa, dirigida a atraer el interés notoriamente veleidoso e inconstante de la prensa o sujeta a fatiga financiera, resulta poco atractiva puesto que las empresas y sus actividades seguirán existiendo mucho tiempo después que la campaña que las cuestiona haya dejado de ser una prioridad. En segundo lugar, porque los objetivos de las campañas del tipo de las del Norte suelen ser tácticos en lugar de estratégicos, resultando potencialmente en que algunos 'éxitos' (como lograr que una empresa entre a formar parte de una cadena mundial de suministro basada en la 'responsabilidad del productor' puedan eventualmente servir para afianzar el poder económico de las multinacionales. Es justo decir que los grupos AT hace ya tiempo que son conscientes de este dilema y es por eso que hemos evitado, por ejemplo, la iniciativa de instaurar un Consejo de Gestión Marina, fuertemente promocionada por Unilever y apoyada por una importante organización conservacionista internacional
La preocupación siempre presente de que nuestro relacionamiento con grandes empresas pueda sofocar la ira expresada por los grupos del Sur constituye una constante que nos recuerda que debemos estudiar y sopesar cuidadosamente los términos en los que establecemos cualquier vínculo corporativo. En realidad, sin embargo, el número de empresas con las que AT ha tenido discusiones o acuerdos bilaterales está ampliamente eclipsado por la cantidad de empresas contra las cuales hemos desarrollado nuestras campañas, exponiéndolas ante el público y a la investigación periodística, e incluso forzándolas a introducir cambios en contra de su voluntad.
No obstante, somos conscientes que las grandes empresas están embarcadas en una política de relacionamiento, dirigida a involucrar a los grupos en reuniones conjuntas para promover su comprensión de los problemas del sector empresarial y discutir mejoras. Si los grupos se niegan a participar en esta especie de cuasi-consultas, pueden ser entonces tachados por las empresas como extremistas desinteresados en encontrar soluciones. El desafío que enfrentamos es saber diferenciar las relaciones que puedan resultar en cambios importantes respecto a los impactos ambientales de la empresa, de aquellas que sólo son maquillaje verde. En segundo lugar, debemos estar siempre alertas al hecho que las empresas siempre pueden abusar de cualquier relación, por más bien intencionada que ella sea. Podemos citar ejemplos de compañías petroleras, del sector energético y de tratamiento de basuras que en diversos momentos han declarado que AT prefiere sus productos, sus políticas o su compañía frente a las competidoras.
Discutir el impacto de una empresa en particular es una cosa, mientras que discutir el papel del sector empresarial en el desarrollo sustentable es otra muy distinta. Personalmente creo que nuestro mensaje debe ser directo e inequívoco. La dimensión de los cambios que ATI desea ver realizados en base a su análisis (bien sea empleando el concepto de deuda ecológica o el de espacio ambiental) supera las posibilidades de las empresas y los gobiernos. A quienes piensan que están creando la arquitectura para el desarrollo sustentable debemos recordarles constantemente su fracaso, debido a sus compromisos y actitud conciliadora y al contrapeso de los imperativos económicos de los gobiernos nacionales y los accionistas de las empresas. La Cumbre sobre el Clima realizada en Kioto constituye un ejemplo típico de este fracaso.
En los años que representé a Amigos de la Tierra Internacional nunca tuve necesidad de poner en tela de juicio y comprometer esa postura, bien fuera discutiendo una plataforma con el Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo Sustentable, La Comisión Europea o la OCDE. Es más, no entiendo porqué deberíamos siquiera hacernos presentes en tales eventos si no es para presentar este enfoque. ATI debe alentar a sus grupos del Sur para que ellos mismos inyecten directamente estas posiciones en esos ámbitos económicos y políticos y para que rompan con ese estilo propio del Norte de resolver los problemas y con la atmósfera académica que allí prevalece.
Pero también existe un desafío para los grupos del Sur, que deben hacerse sensibles a las realidades políticas y el contexto social en el que operan los grupos del Norte. Dicho sencillamente, el Norte no está exento de pobreza o de comunidades excluidas socialmente. De hecho, algunos activistas que están comprometidos combatiendo esa marginalización en el Norte piensan que los ecologistas no se preocupan por la gente que tiene la aspiración legítima de liberar a sus hijos de esas condiciones. Sería política y moralmente imposible siquiera sugerir que los grupos marginados del Norte deban pagar el precio de la apropiación excesiva de espacio ambiental por parte de los países industrializados.
Si hemos de avanzar hacia el desarrollo sustentable, debemos hacerlo con base en la justicia ambiental. Desde mi punto de vista ello quiere decir, en primer lugar, encarar la degradación del medio ambiente en la vida real-y sus causas--, que es lo que determina la calidad de vida de mucha gente pobre en el Norte como en el Sur. Esto puede significar adoptar medidas para reducir los efectos contaminantes de ciertas empresas y convencerlas de ir más allá de lo estipulado en la legislación vigente, a fin de proteger a aquellos en situación de mayor vulnerabilidad. Por lo general, quienes habitan más cerca de una refinería de petróleo, una mina a cielo abierto o un incinerador de desechos tóxicos son gente pobre que depende del apoyo de grupos como Amigos de la Tierra para sus campañas, que no necesariamente tienen como objetivo principal socavar la posición de la empresa, sino más bien discutir y modificar la realidad cotidiana de su funcionamiento.
Los grupos del Norte también entienden la resistencia, y todos hemos estado involucrados en campañas para detener proyectos contaminantes o derrochadores. Sin embargo, en el pasado hemos perdido algunas de esas campañas y lo seguiremos haciendo también en el futuro, y la verdad es que no podemos abandonar a las comunidades que tienen que vivir con las consecuencias. De tal modo que, al igual que en el Sur, debemos tratar de minimizar el impacto de esas empresas, lo cual puede significar ejercer presión para que surjan iniciativas políticas legislativas o negociar con las empresas en cuestión para que vayan más allá de lo que exigen las normas vigentes. Todos estamos de acuerdo en la necesidad de poner en práctica modelos alternativos de desarrollo y cambiar fundamentalmente las relaciones de poder en la sociedad; sabemos también que nuestra legitimidad deriva de nuestra experiencia de trabajo popular y de base con y para las comunidades, jamás apartándonos de sus luchas.
Mis experiencias de los últimos seis años en ATI (tres de los cuales como Presidente) me han llevado a pensar que en términos de campañas, ni ATI ni nuestros grupos miembros jamás han comprometido los valores que con tanto celo defendemos. Sin embargo, si pienso que en nuestra impaciencia por diseñar campañas que encaren los temas acuciantes con los que nos enfrentamos, no hemos generado el espacio necesario para un debate maduro políticamente y sensible a nuestras diferencias culturales, que nos permita articular mejor esas campañas. En segundo lugar, pienso que a medida que crecemos en tamaño deberíamos ir incorporando metodologías de trabajo que incluyan distintos enfoques-trabajar desde dentro y desde afuera; negociar y manifestarse en las calles; activista de base y estratega político-siempre y cuando permanezcamos unidos por nuestra franqueza, nuestros objetivos comunes y nuestro enfoque radical.

Kevin Dunion, AT Escocia

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