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abril/junio 2001   

 

CRÍMENES CONTRA EL AMBIENTE, CRÍMENES CONTRA LA GENTE
El medio ambiente es un espacio continuo en donde interactúan una multiplicidad de especies entre sí, conformando el tejido de la vida. No existe ninguna especie animal o vegetal que puede proclamarse independiente de ese todo; las acciones de cualquiera de ellas afecta al resto. Es por eso que el concepto de “derechos” se encuentra plenamente inmerso en el medio ambiente.

Cada vez que se infligen daños a los ríos o se destruyen los bosques, con justicia se clasifica a esos actos como un crimen contra el ambiente; pero eso es insuficiente, porque el deterioro del medio ambiente implica inevitablemente daños a todas las especies, incluida la humanidad; por lo tanto, se trata también de violaciones a los derechos humanos.

Hoy en día la explotación y uso de recursos se encuentra más y más directamente vinculado a violaciones de los derechos humanos, a menudo a gran escala. Nuevos pozos petroleros, autopistas, represas hidroeléctricas, oleoductos y gasoductos –ya sea en Nigeria, Paquistán o Colombia—afectan siempre el sustento y el modo de vida de esos pueblos. Su gente está en legítimos derecho de oponerse a esos proyectos, más aún cuando los beneficios que se derivan de ellos se desvanecen con destino a centros económicos lejanos.

Esa oposición genuina y legítima a proyectos que traen costos pero no beneficios a las comunidades corrientemente es contestada con la violencia criminal de grupos militares, con mucha frecuencia miembros de los ejércitos gubernamentales. Es imposible olvidar el asesinato de miles de personas del pueblo Ogoni, en el delta del Níger, que se oponían a la extracción de petróleo que contaminaba sus vidas. Ni de la masacre de más de 400 campesinos indígenas de Guatemala que se oponían a la construcción de la represa hidroeléctrica de Chitzoy que inundaría sus tierras. El pueblo U'wa de Colombia se enfrentan hoy a la violencia de grupos paramilitares por hacer ejercicio de su legítimo derecho a decidir qué debería ocurrir con sus tierras y en su territorio ancestral.

La conclusión de todo esto es clara: es imposible explotar el medio ambiente sin violar los derechos de los respectivos pueblos y su gente. El vínculo entre la gente y su medio siempre ha existido, pero se está tornando más profundo a medida que los recursos se hacen más escasos y las economías más grandes. La globalización económica, además de ser la sentencia de muerte para los bienes naturales y el medio ambiente en todo el mundo, es también una violación a gran escala de los derechos humanos alrededor del mundo.

Ricardo Navarro , Presidente, Amigos de la Tierra Internacional

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