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- Info
s970507
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issue
97
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abril/junio
2001
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CULTURAS EN
EXTINCIÓN
Megaproyectos y los pueblos Pigmeo,
U'wa y Mirrar
Es un viejo truco de cacería. Con un
colorante en polvo extraído de la corteza
del árbol Maobi, los pigmeos de los bosques
de Camerún preparan una poción de camuflaje
para ocultarse de sus presas. Luego
desaparecen en el bosque.
La tribu Baka ha sobrevivido durante
siglos gracias al amplio conocimiento que
posee del mundo animal y vegetal de los
bosques. Sin embargo, la explotación de los
recursos naturales del Camerún que trae
aparejado el oleoducto Chad-Camerún (véase
LINK 94), pondrá fin a la relación
simbiótica entre ese pueblo indígena y su
ambiente. La deforestación, el
desplazamiento forzado y el reasentamiento,
la contaminación y la sobrecarga sobre los
recursos empujarán a estas comunidades a un
limbo cultural y económico. En otras
palabras, se volverán invisibles.
¿Cuál es el vínculo entre el medio
ambiente y los derechos humanos? Según la
Comisión de las Naciones Unidas para los
Derechos Humanos, es necesario reconocer
las dimensiones ambientales de la
Declaración Universal de los Derechos
Humanos. Klaus Toepfer, director ejecutivo
del Programa de las Naciones Unidas para el
Medio Ambiente (PNUMA) declaró
recientemente que “ya es hora de reconocer
que quienes contaminan o destruyen el medio
ambiente no sólo están cometiendo un crimen
contra la naturaleza sino que también están
violando los derechos humanos”. El Sr.
Toepfer añadió que los derechos humanos “no
pueden ser garantizados en un medio
ambiente degradado o contaminado”.
El oleoducto Chad-Camerún, al igual que
muchos otros proyectos contra los cuales
ATI desarrolla campañas, deben ser
considerados no sólo como destructivos del
medio ambiente sino como abusos contra los
derechos humanos. Los derechos de los
pueblos a la vida, la salud, una
alimentación adecuada, vivienda digna y a
su cultura tradicional, tal y cual se
encuentran consagrados en la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, están
siendo erosionados en muchos casos.
Modos de vida trastornados en
Camerún
Los últimos quince años han sido
devastadores para los 150,000 pigmeos Baka
que habitan el sudeste de Camerún. Sus
problemas empezaron a mediados de los '80,
cuando la caída de los precios del café y
el cacao –que constituyen importantes
cultivos de exportación para el
país—provocaron una aguda recesión
económica. Desesperado por divisas, el
gobierno echó mano de los bosques
tropicales aún no explotados en busca de
una solución.
Tradicionalmente, los Baka recolectaban
frutas, nueces y miel de los bosques, y se
abastecían de carne de especies nativas
como el antílope, los puercoespines, monos
y duiker. De los árboles obtenían aceites
de cocina, al igual que para la elaboración
de cosméticos y medicinas. Pero la
deforestación a un ritmo de 100,000
hectáreas por año ha afectado muy
seriamente la capacidad del bosque para
abastecer a sus habitantes. Mientras que el
bosque siempre pudo sostener el uso que
hacían los Baka de animales autóctonos para
alimento, el ingreso de trabajadores
itinerantes en la región significó una
amenaza nueva para las especies nativas, ya
que la demanda de carne silvestre aumentó
dramáticamente. La construcción del
oleoducto Chad-Camerún penetrará aún más
profundo en los bosques tropicales,
atravesando importantes zonas de producción
de alimentos y deteriorando aún más el
sustento y la vida de sus pobladores.
La decisión del gobierno de Camerún de
permitir la construcción del oleoducto tuvo
repercusiones importantes en las relaciones
entre los Baka y sus vecinos, los Bantú.
Los Baka sobrevivieron miles de años como
cazadores y recolectores, desplazándose
como nómades por los bosques, pero la mayor
parte de ellos vive hoy en asentamientos
permanentes durante alguna parte del año, y
se alimentan tanto de productos cultivados
como de alimentos silvestres del bosque.
Los alimentos cultivados, como los plátanos
y las batatas, los obtienen de aldeas Bantú
a cambio de carne o de trabajo como
jornaleros en sus plantaciones. El sistema
de trueque también incluye herramientas,
prendas de vestir y utensilios de
cocina.
Las disparidades entre los Baka y los
Bantú se han acentuado desde que se dio
inicio a la deforestación del territorio.
Puesto que los Bantú son propietarios de
tierras y los Baka no, los Bantú han
negociado algunas concesiones forestales
con las compañías madereras, mientras que
los Baka han sido ignorados. A principios
del año en curso se empezaron a pagar
indemnizaciones a los afectados por el
oleoducto, y los Bantú las aceptaron
satisfechos, aun cuando fueran
insignificantes. Los Baka, cuyo sustento
depende del bosque, no recibieron ningún
tipo de indemnización.
A medida que desaparece su ambiente
natural, asimismo va desapareciendo el
sistema tradicional de clanes de los Baka.
Su sistema de vida nómade le dio paso a
modos de vida más sedentarios. Ahora, bajo
la influencia del trabajo que se ofrece en
la construcción, seguramente aumentará la
incidencia de problemas de salud pública,
especialmente el SIDA, a medida que
aparecen bares y prostitución a lo largo
del recorrido del oleoducto.
La construcción del oleoducto seguramente
contaminará las napas de aguas subterráneas
y también existe gran riesgo de que los
derrames de petróleo contaminen los ríos.
Será necesario desmontar zonas del bosque
próximas al lugar de construcción para que
la gente pueda cultivar y cazar. Se
perderán ecosistemas frágiles y con ellos,
medios de sustento. Las secuelas
ambientales y culturales del oleoducto
serán enormes.
Luchando por la Madre Tierra
La lucha del pueblo U'wa en Colombia
contra la Occidental Petroleum (véase LINK
91), de Los Angeles, EE.UU., representa
otro caso emblemático de abuso a los
derechos humanos. Esta tribu de cinco mil
miembros vive aislada en los bosques
tropicales del nordeste colombiano, desde
hace miles de años y en armonía con la
naturaleza. Su creencia en que “la tierra
está viva y es nuestra madre” determina en
gran medida las prácticas agrícolas, la
cacería, la pesca y los rituales de la
tribu. Los U'wa practican la agricultura
sustentable y se benefician de la
diversidad de alimentos que les
proporcionan sus tierras en distintas zonas
climáticas de las montañas. Roberto
Cobario, dirigente U'wa, explica el
proceso: “Con el tiempo la tierra nos
devolverá alimentos sanos, sin venenos ni
productos químicos peligrosos. Así es como
vivimos nosotros”. Las fiestas, danzas y
canciones tradicionales U'wa celebran todas
el sentido de responsabilidad espiritual
que vincula a esta tribu con su medio
ambiente.
Para los U'wa, el petróleo es la sangre de
la Madre Tierra. Explotarlo representa un
atentado no sólo contra las creencias
espirituales de la población indígena, sino
contra todo el sistema de biodiversidad con
que ésta se mantiene. La identidad cultural
de la tribu, que ha resistido durante
siglos la intromisión externa, se encuentra
ahora gravemente amenazada. Además de la
devastación ecológica que acarreará, la
explotación de petróleo en esa región de
Colombia tendrá ramificaciones sociales muy
significativas. La infraestructura
requerida para la prospección incrementará
la presión sobre los recursos alimenticios
y amenazará las fuentes de agua dulce. La
inmigación y la relocalización aparejada al
crecimiento de la actividad económica
traerá consigo problemas sociales como la
criminalidad y la prostitución a zonas
previamente aisladas. El desmonte de suelos
llevará a la profanación de los cementerios
y tumbas sagradas de los ancestros del
pueblo U'wa, rompiendo así una conexión
vital con el pasado.
A tal punto llega la preocupación del
pueblo U'wa por preservar su cultura y su
ambiente, que ya en varias oportunidades
han amenazado con tirarse de un peñasco de
más de 400 metros de altura, en acto de
inmolación colectiva para proteger el
territorio que según ellos les ha
pertenecido durante miles de años. Esa
amenaza hace eco de una leyenda U'wa según
la cual muchos miembros de la tribu se
habrían tirado por un desfiladero para
evitar ser tomados como esclavos por los
colonizadores españoles. Según sus leyes
sagradas, “si su nación corre graves
peligros ... en virtud de una ley divina
tienen derecho a suicidarse”.
Paisaje humano en extinción en
Kakadu
El vínculo entre los derechos humanos
y el medio ambiente ha sido un componente
central de la campaña de ATI contra las
minas de uranio de Jabiluka, en Kakadu
(véase artículo en la presente edición), el
mayor de los parques nacionales
australianos. El pueblo Mirrar, dueño
ancestral de la mina ya existente en Ranger
y de la propuesta en Jabiluka, ha expresado
repetidamente que una nueva profanación de
su territorio conducirá a la descomposición
de su ya deteriorada cultura.
La cultura Aborigen, considerada la más
antigua del mundo, tiene raíces que datan
al menos del 40,000 a.deC. La cultura
Mirrar se haya inextricablemente asociada a
la tierra: son tradicionalmente cazadores y
recolectores y se alimentan de frutos
silvestres tales como ciruelas, vegetales
parecidos a la papa, peces, tortugas,
serpientes, gansos e iguanas. Sus
ceremonias y sus danzas constituyen
actividades culturales y espirituales de
vital importancia.
El territorio Mirrar contiene muchos
sitios sagrados –parte de los cuales se
hayan dentro de las concesiones mineras
tanto en Ranger como Jabiluka—de enorme
significado cultural y espiritual para la
tribu. Sus “sendas de sueños” [
dreaming
tracks
] vinculan entre sí a los sitios
sagrados y narran la historia de la
creación, asociando sucesos e importantes
figuras de la historia Mirrar. El experto
en patrimonio D.J. Mulvaney describe
claramente la relación entre la cultura
Mirrar y su territorio: “Su mundo es
tradicionalmente un paisaje humanizado
indivisible e inmutable y cada rasgo de la
naturaleza tiene un nombre que hace parte
de una asociación mitológica significante.
Personas y lugares son inseparables, y el
pasado y el presente forman una unidad de
creación permanente”.
Hace ya veinte años que hay minería de
uranio en territorio Mirrar, y ello
constituye un elemento central para
entender las consecuencias que tendrá la
continuación y permanencia de las
actividades mineras en la cultura y las
tradiciones de este pueblo Aborigen. En
mayo del 2000 se supo públicamente que
había habido filtraciones de la mina Ranger
ya en funcionamiento hacia el Parque
Nacional Kakadu circundante. Las
filtraciones constaban de más de dos
millones de litros de líquido y contenían
manganeso, uranio y radio. Desde que se
inició la operativa minera también se ha
registrado la decadencia de las tradiciones
Mirrar, en cuanto se refiere a recolección
de alimentos, ceremonias, interacción
social y sistemas sociopolíticos.
Aun cuando la mina Ranger se encuentra
dentro de su territorio, los Mirrar ya no
cazan ni hacen recolección en las zonas
adyacentes a esa mina. Algunos ya han
expresado preocupación por la calidad del
agua en los humedales que rodean la mina y
cómo eso puede haber afectado a los peces
–que según miembros de la tribu “parecen
diferentes”.
El sistema sociopolítico de los Mirrar
también se ha visto adversamente afectado,
según la Asociación Aborigen Gundjehmi, una
organización creada, controlada y manejada
por el pueblo Mirrar. Tradicionalmente, los
sitios sagrados eran administrados por
consenso por guardianes y encargados de la
ley, pero desde que empezaron las
actividades mineras esa estructura se hizo
trizas. La Asociación Aborigen Gundjehmi
sostiene que hay gente con intereses
directos en la minería, inclusive
funcionarios del gobierno, que han sembrado
la discordia entre los Aborígenes. Los
partidarios de la minería son con
frecuencia asignados a puestos de
autoridad, mientras que quienes se oponen
son expresamente marginados, tal y como les
ocurre a los Mirrar.
A medida que avanza la destrucción de los
territorios Mirrar, la tribu experimenta la
descomposición de su urdimbre social. En un
informe de la Comisión del Patrimonio
Mundial, de Misión en Kakadu en 1998, se
señalaba que “las restricciones de acceso o
el daño infligido a los sitios sagrados ...
a manos de proyectos mineros contribuyen al
desempoderamiento y un pesimismo
generalizados entre los
bininj
[Aborígenes], haciendo inminente la pérdida
total de esa cultura”. Es más, según las
creencias de la tribu, ocasionar daños a
los sitios sagrados conlleva efectos
catastróficos, incluso enfermedades y la
muerte.
La desesperanza de los Mirrar por la
decadencia de sus tradiciones culturales se
hace evidente en el aumento de problemas
sociales y económicos como el alcoholismo,
la violencia, poco interés en la educación
y los altos índices de depresión que se
registran. Jonathon Nadji, citado en los
apuntes de investigación del Centro
Cultural Warradjan, describe como “antes de
la minería la gente se llevaba mejor,
comían más comestibles silvestres y cazaban
más en lugar de ir a tomar al Club Social.
Cuando yo era joven, íbamos con mi familia
a las ceremonias ... pero eso ahora ya no
pasa. Se están olvidando cómo son. Están
perdiendo su cultura”.
Como seres humanos, tenemos derecho a
vivir y morir donde más lo deseamos, a
mantenernos de acuerdo a nuestras
tradiciones, a educar a nuestros hijos y
venerar a nuestros antepasados, y a
expresarnos culturalmente así como
espiritualmente. El medio ambiente está
indisolublemente ligado a la cultura;
nuestra tierra nos afirma al pasado, el
presente y el futuro. Custodiarla es
crucial.
Estelle Muller
, periodista
independiente, para ATI
Agradecemos a la Asociación Aborigen
Gundjehmi, a la revista The Ecologist
[Gran Bretaña]
y a Defensa Ambiental
[EE.UU.]
por la información
brindada.
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