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- Info
s972627
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issue
97
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abril/junio
2001
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DE LA DECLARACIÓN
UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS A LA
CARTA DE LA TIERRA
¿En qué dirección vamos?
La tendencia y el deseo irrefrenable de
hablar por los demás es muy fuerte. Cuando
hay quienes aparentemente no tienen voz
(según nuestro criterio), convertirse en la
voz de los desposeídos es muy tentador. Sin
embargo, cualquiera mínimamente sensible a
la temática del desarrollo y las
diferencias culturales sabe que la línea
que separa a la solidaridad del
paternalismo o el colonialismo es muy
delgada.
En este artículo pretendo cuestionar el
valor de un enfoque 'universalista' para el
abordaje de los temas sociales y
ambientales, reflexionando para ello sobre
la Declaración Universal de los Derechos
Humanos de la ONU y más específicamente,
también, sobre la 'Carta de la Tierra',
cuya ratificación está propuesta para la
Conferencia de Río + 10 del 2002 en
Johannesburgo, Sudáfrica.
Titubeo acerca de la validez de
deslegitimar el 'universalismo' en este
artículo, debido a la evidente y
demostrable utilidad del concepto de
derechos humanos universales en la
práctica. No obstante, me preocupa
sobremanera el paradigma del
'universalismo' en sí mismo, como
instrumento potencialmente opresivo y de
poder. Desde mi punto de vista, cuestionar
el 'universalismo' es cuestionar uno de los
pilares del complejo ideológico
industrial/occidental.
El problema del universalismo
Hay quienes argumentan –tildándoseles
de 'relativismo cultural'—que existen
distintos pueblos y que la gente es
diversa, y que probablemente no existan
ningunos “derechos universales”. Para
algunos pueblos del mundo, el concepto
mismo de 'derechos' es relativamente nuevo.
Hay muchas culturas que funcionan con base
en conceptos de 'responsabilidades' en
lugar que 'derechos' –responsabilidades que
son definidas por sus comunidades locales y
no por ningún organismo administrativo
mundial.
La Declaración Universal de los Derechos
Humanos ha sido muy útil, sin lugar a dudas
–de hecho, mucho más que útil. De ella se
han valido muchas personas, comunidades y
organizaciones para oponerse y resistir más
eficazmente a la opresión y, además, le ha
brindado un fundamento ético a la
legislación internacional. Tal grado de
eficacia política resulta muy atractivo,
pero en un mundo plagado de problemas como
el nuestro, debemos ser muy cautelosos con
quedar fijados o poner demasiada fe en
pequeños ejemplos de 'justicia' o sentido
común. En ese contexto, es particularmente
importante mantener un espíritu crítico, ya
que los efectos negativos del universalismo
pueden esconderse tras nuestros reclamos
por instituir y proteger los 'derechos
humanos'.
Considero que el universalismo, como
concepto, es políticamente peligroso, ya
que inevitablemente excluye a diversos
pueblos y culturas. No existe tal cosa como
una “visión neutra” de la realidad, de
manera que cualquier documento sobre
valores universales –no importa cuán
incluyente y participativo haya sido el
proceso de su redacción—siempre habrá de
reflejar determinados valores culturales y
excluir otros. Pretender entonces que el
documento hable por toda la humanidad
constituye una imposición y un acto de
poder, porque pone en funcionamiento una
serie de paradigmas, racionalidades y
comportamientos, tales como los que entran
a jugar en el caso del bosquimano citado
más abajo. En un nivel muy rudimentario,
hay distintas culturas que definen de
maneras muy distintas qué son los
'derechos' y, por lo tanto, qué constituyen
violaciones a esos 'derechos'. Analicemos
el siguiente caso, por ejemplo:
El cuento del bosquimano que mató a una
cabra de un rebaño. Él lo hizo después de
pedirle consentimiento al animal, en
conformidad con las costumbres de su tribu.
En arreglo a sus costumbres tradicionales,
al bosquimano no se le podía ocurrir
siquiera que el rebaño tuviera un “dueño”
investido con “derechos” legitimados por
las leyes del Estado. Juzgado según esas
leyes tras su captura, el bosquimano
reconoció sin titubear y sin culpa alguna
lo que había hecho. De hecho, en su cultura
y sus costumbres no existen las palabras
“culpable” o “inocente”. Pero los árbitros
de la “ley imparcial” no podían tomar en
cuenta los usos y costumbres del
bosquimano, que ignoraba el significado
mismo de la palabra “derechos” y “propiedad
privada”. Condenado entonces a prisión, el
bosquimano no entendía dónde estaba ni
porqué. ¿Cuál era el significado de la ley,
o los motivos legales y la legitimidad de
la sentencia que le había impuesto un juez
justo, tras un juicio impecable?
El artículo X de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos dice que:
“Toda persona goza de iguales derechos a
un juicio público y justo, a manos de un
tribunal imparcial e independiente, para
determinar sus derechos y obligaciones, y
juzgar los cargos criminales que se le
imputen”.
(www.un.org/Overview/rights.html)
¿Pero acaso no está fundado el concepto
mismo de un juicio imparcial e
independiente en un sistema legal
determinado, culturalmente específico? Si
bien es difícil argumentar en contra de
este paradigma legal tan 'de sentido
común', es importante recordar que esa no
constituye la única manera en la que se han
estructurado (y se continúan estructurando
hoy) efectivos sistemas de justicia en el
mundo. Los problemas de la
'universalización' de un modelo
fundamentalmente occidental se hacen
evidentes en la historia del
bosquimano:
“¿Cómo fue el juicio?”, preguntó el
abstraído investigador blanco. “Lo
condenaron a muerte”, contesto su ayudante,
que conocía bien la ascendencia del
bosquimano. “¿Por matar una cabra?”,
preguntó intrigado el hombre blanco. “No,
le dieron tres meses de prisión; pero es lo
mismo: el bosquimano morirá con toda
seguridad. El nunca ha visto una pared en
su vida, y ahora se encuentra rodeado de
paredes. Se niega a comer y beber, ya que
la vida en una celda es para él
inconcebible.”
Fuente: Gustavo Esteva y Madhu Suri
Prakash,
Grassroots Postmodernism
,
Zed Books, 1998.
En muchas sociedades modernas, la prisión
no está clasificada como 'violencia',
'tortura' o como 'violación de los derechos
humanos', siempre y cuando la condena emane
de un 'juicio legal'. Sin embargo, las
cárceles (y las aulas de clase, si vamos al
caso) están consideradas en otras culturas
como lugares inhumanos en los que se somete
a la gente a tormentos y torturas.
La Carta de la Tierra: otro proyecto
universalista
Mucha gente seguramente esté
familiarizada con la creación de la 'Carta
de la Tierra'. El cometido de la actual
fase de la iniciativa de la Carta de la
Tierra es “
generar el fundamento ético
apropiado para la sociedad global emergente
y ayudar a construir un mundo sustentable
basado en el respeto a la naturaleza, los
derechos humanos universales, la justicia
económica y una cultura de paz.”
(www.earthcharter.org/welcome/program_en.htm).
La iniciativa de desarrollar una serie de
principios para la seguridad ecológica tuvo
su origen en la Conferencia de las Naciones
Unidas sobre el Ambiente Humano, realizada
en Estocolmo, Suecia, en 1992. Desde
entonces, muchos grupos y coaliciones han
contribuido a la articulación de los
principios y valores necesarios para el
desarrollo sustentable. La Carta de la
Tierra fue uno de los resultados esperados
de la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río
de Janeiro en 1992. Ella debería haber
constituido el fundamento ético de la
Agenda 21 y otros documentos surgidos de la
Cumbre. La Carta de la Tierra no está
propuesta como base para leyes “fuertes”,
sino más bien como instrumento legal
“suave” que sirva como elemento de presión
moral.
Mis inquietudes en torno a la Carta de la
Tierra están fundadas en la crítica
antedicha al 'universalismo'. Tales
preocupaciones se encuentran reforzadas y
convalidadas por algunos de los problemas
inherentes al borrador actual de la Carta
de la Tierra (y sostengo que tales
problemas siempre existirán en todo
proyecto 'universalista'). Por ejemplo, en
el anteproyecto de la Carta
(www.earthcharter.org/draft/charter.htm) se
lee que:
Se requieren cambios
fundamentales en nuestros valores,
instituciones y modos de vida.
Yo me pregunto, ¿en los valores y
modos de vida de quién? ¿Quién ha de
determinar que se precisan cambios
fundamentales en los valores y modos de
vida del pueblo Penan, por ejemplo, en las
selvas de Sarawak, en Malasia? El borrador
también dice que:
Aceptar el derecho de
propiedad, de manejo y de uso de los
recursos naturales implica la
responsabilidad de impedir los daños
ecológicos y proteger los derechos de los
pueblos y las personas.
Los conceptos de 'propiedad' y de
'derecho a la propiedad', ¿no serán acaso
construcciones particulares de determinadas
culturas? ¿Es acaso razonable o respetuoso
imponerle estos conceptos (discutiblemente
problemáticos) a toda la humanidad,
consagrándolos? Quizás fuera más fructífero
si dedicásemos tiempo a cuestionar el
mismísimo concepto de 'propiedad' sobre los
recursos naturales y a entender su
trayectoria histórica.
Estos son tan sólo dos de los muchos
ejemplos que demuestran que la Carta de la
Tierra no aprueba el examen de
imparcialidad cultural. Es por eso
evidentemente problemático que tal
documento sea aceptado como el “fundamento
ético de la sociedad global emergente.”
En un terreno más práctico, los defensores
de la Carta de la Tierra sostienen que ésta
puede ser usada para pedirle cuentas y
responsabilidad a las empresas en torno a
algún tipo de normas ambientales. Sin
embargo, es plausible pensar que las normas
nacionales o internacionales podrían ser
igualmente efectivas (¿o inefectivas?), sin
los problemas asociados al
'universalismo'.
Sin duda ya hemos aprendido que no
necesitamos más declaraciones pomposas de
buena voluntad y sanas intenciones. ¿Cuán
efectivos han sido acaso otros acuerdos,
declaraciones y cartas 'mundiales' de ese
tipo? El Convenio del Patrimonio Mundial ni
siquiera es capaz de proteger de la minería
de uranio a Sitios de Patrimonio Mundial.
No está claro porqué exactamente cree la
gente que una Carta de la Tierra podría
lograr más que lucir hermosa en la pared de
las oficinas centrales de alguna empresa en
cualquier lugar.
Mi opinión es que no necesitamos seguir
imponiéndole a otras culturas
construcciones ideológicas occidentales;
que no necesitamos ninguna otra carta
'ineficaz' que nos recuerde que debemos
comportarnos decentemente unos con otros; y
ciertamente no necesitamos una Carta de la
Tierra.
John Hepburn
, AT
Australia
John trabaja en AT Brisbane, Australia, en
temas de sustentabilidad.
Contacto: foebrisbane@uq.net.au.
Agradecemos a Morgan Brigg por sus ideas y
trabajo de corrección.
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