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abril/junio 2001   

 

CULTURAS EN EXTINCIÓN
Megaproyectos y los pueblos Pigmeo, U'wa y Mirrar
Es un viejo truco de cacería. Con un colorante en polvo extraído de la corteza del árbol Maobi, los pigmeos de los bosques de Camerún preparan una poción de camuflaje para ocultarse de sus presas. Luego desaparecen en el bosque.

La tribu Baka ha sobrevivido durante siglos gracias al amplio conocimiento que posee del mundo animal y vegetal de los bosques. Sin embargo, la explotación de los recursos naturales del Camerún que trae aparejado el oleoducto Chad-Camerún (véase LINK 94), pondrá fin a la relación simbiótica entre ese pueblo indígena y su ambiente. La deforestación, el desplazamiento forzado y el reasentamiento, la contaminación y la sobrecarga sobre los recursos empujarán a estas comunidades a un limbo cultural y económico. En otras palabras, se volverán invisibles.

¿Cuál es el vínculo entre el medio ambiente y los derechos humanos? Según la Comisión de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, es necesario reconocer las dimensiones ambientales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Klaus Toepfer, director ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) declaró recientemente que “ya es hora de reconocer que quienes contaminan o destruyen el medio ambiente no sólo están cometiendo un crimen contra la naturaleza sino que también están violando los derechos humanos”. El Sr. Toepfer añadió que los derechos humanos “no pueden ser garantizados en un medio ambiente degradado o contaminado”.

El oleoducto Chad-Camerún, al igual que muchos otros proyectos contra los cuales ATI desarrolla campañas, deben ser considerados no sólo como destructivos del medio ambiente sino como abusos contra los derechos humanos. Los derechos de los pueblos a la vida, la salud, una alimentación adecuada, vivienda digna y a su cultura tradicional, tal y cual se encuentran consagrados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, están siendo erosionados en muchos casos.

Modos de vida trastornados en Camerún
Los últimos quince años han sido devastadores para los 150,000 pigmeos Baka que habitan el sudeste de Camerún. Sus problemas empezaron a mediados de los '80, cuando la caída de los precios del café y el cacao –que constituyen importantes cultivos de exportación para el país—provocaron una aguda recesión económica. Desesperado por divisas, el gobierno echó mano de los bosques tropicales aún no explotados en busca de una solución.

Tradicionalmente, los Baka recolectaban frutas, nueces y miel de los bosques, y se abastecían de carne de especies nativas como el antílope, los puercoespines, monos y duiker. De los árboles obtenían aceites de cocina, al igual que para la elaboración de cosméticos y medicinas. Pero la deforestación a un ritmo de 100,000 hectáreas por año ha afectado muy seriamente la capacidad del bosque para abastecer a sus habitantes. Mientras que el bosque siempre pudo sostener el uso que hacían los Baka de animales autóctonos para alimento, el ingreso de trabajadores itinerantes en la región significó una amenaza nueva para las especies nativas, ya que la demanda de carne silvestre aumentó dramáticamente. La construcción del oleoducto Chad-Camerún penetrará aún más profundo en los bosques tropicales, atravesando importantes zonas de producción de alimentos y deteriorando aún más el sustento y la vida de sus pobladores.

La decisión del gobierno de Camerún de permitir la construcción del oleoducto tuvo repercusiones importantes en las relaciones entre los Baka y sus vecinos, los Bantú. Los Baka sobrevivieron miles de años como cazadores y recolectores, desplazándose como nómades por los bosques, pero la mayor parte de ellos vive hoy en asentamientos permanentes durante alguna parte del año, y se alimentan tanto de productos cultivados como de alimentos silvestres del bosque. Los alimentos cultivados, como los plátanos y las batatas, los obtienen de aldeas Bantú a cambio de carne o de trabajo como jornaleros en sus plantaciones. El sistema de trueque también incluye herramientas, prendas de vestir y utensilios de cocina.

Las disparidades entre los Baka y los Bantú se han acentuado desde que se dio inicio a la deforestación del territorio. Puesto que los Bantú son propietarios de tierras y los Baka no, los Bantú han negociado algunas concesiones forestales con las compañías madereras, mientras que los Baka han sido ignorados. A principios del año en curso se empezaron a pagar indemnizaciones a los afectados por el oleoducto, y los Bantú las aceptaron satisfechos, aun cuando fueran insignificantes. Los Baka, cuyo sustento depende del bosque, no recibieron ningún tipo de indemnización.

A medida que desaparece su ambiente natural, asimismo va desapareciendo el sistema tradicional de clanes de los Baka. Su sistema de vida nómade le dio paso a modos de vida más sedentarios. Ahora, bajo la influencia del trabajo que se ofrece en la construcción, seguramente aumentará la incidencia de problemas de salud pública, especialmente el SIDA, a medida que aparecen bares y prostitución a lo largo del recorrido del oleoducto.

La construcción del oleoducto seguramente contaminará las napas de aguas subterráneas y también existe gran riesgo de que los derrames de petróleo contaminen los ríos. Será necesario desmontar zonas del bosque próximas al lugar de construcción para que la gente pueda cultivar y cazar. Se perderán ecosistemas frágiles y con ellos, medios de sustento. Las secuelas ambientales y culturales del oleoducto serán enormes.

Luchando por la Madre Tierra
La lucha del pueblo U'wa en Colombia contra la Occidental Petroleum (véase LINK 91), de Los Angeles, EE.UU., representa otro caso emblemático de abuso a los derechos humanos. Esta tribu de cinco mil miembros vive aislada en los bosques tropicales del nordeste colombiano, desde hace miles de años y en armonía con la naturaleza. Su creencia en que “la tierra está viva y es nuestra madre” determina en gran medida las prácticas agrícolas, la cacería, la pesca y los rituales de la tribu. Los U'wa practican la agricultura sustentable y se benefician de la diversidad de alimentos que les proporcionan sus tierras en distintas zonas climáticas de las montañas. Roberto Cobario, dirigente U'wa, explica el proceso: “Con el tiempo la tierra nos devolverá alimentos sanos, sin venenos ni productos químicos peligrosos. Así es como vivimos nosotros”. Las fiestas, danzas y canciones tradicionales U'wa celebran todas el sentido de responsabilidad espiritual que vincula a esta tribu con su medio ambiente.

Para los U'wa, el petróleo es la sangre de la Madre Tierra. Explotarlo representa un atentado no sólo contra las creencias espirituales de la población indígena, sino contra todo el sistema de biodiversidad con que ésta se mantiene. La identidad cultural de la tribu, que ha resistido durante siglos la intromisión externa, se encuentra ahora gravemente amenazada. Además de la devastación ecológica que acarreará, la explotación de petróleo en esa región de Colombia tendrá ramificaciones sociales muy significativas. La infraestructura requerida para la prospección incrementará la presión sobre los recursos alimenticios y amenazará las fuentes de agua dulce. La inmigación y la relocalización aparejada al crecimiento de la actividad económica traerá consigo problemas sociales como la criminalidad y la prostitución a zonas previamente aisladas. El desmonte de suelos llevará a la profanación de los cementerios y tumbas sagradas de los ancestros del pueblo U'wa, rompiendo así una conexión vital con el pasado.

A tal punto llega la preocupación del pueblo U'wa por preservar su cultura y su ambiente, que ya en varias oportunidades han amenazado con tirarse de un peñasco de más de 400 metros de altura, en acto de inmolación colectiva para proteger el territorio que según ellos les ha pertenecido durante miles de años. Esa amenaza hace eco de una leyenda U'wa según la cual muchos miembros de la tribu se habrían tirado por un desfiladero para evitar ser tomados como esclavos por los colonizadores españoles. Según sus leyes sagradas, “si su nación corre graves peligros ... en virtud de una ley divina tienen derecho a suicidarse”.

Paisaje humano en extinción en Kakadu
El vínculo entre los derechos humanos y el medio ambiente ha sido un componente central de la campaña de ATI contra las minas de uranio de Jabiluka, en Kakadu (véase artículo en la presente edición), el mayor de los parques nacionales australianos. El pueblo Mirrar, dueño ancestral de la mina ya existente en Ranger y de la propuesta en Jabiluka, ha expresado repetidamente que una nueva profanación de su territorio conducirá a la descomposición de su ya deteriorada cultura.

La cultura Aborigen, considerada la más antigua del mundo, tiene raíces que datan al menos del 40,000 a.deC. La cultura Mirrar se haya inextricablemente asociada a la tierra: son tradicionalmente cazadores y recolectores y se alimentan de frutos silvestres tales como ciruelas, vegetales parecidos a la papa, peces, tortugas, serpientes, gansos e iguanas. Sus ceremonias y sus danzas constituyen actividades culturales y espirituales de vital importancia.

El territorio Mirrar contiene muchos sitios sagrados –parte de los cuales se hayan dentro de las concesiones mineras tanto en Ranger como Jabiluka—de enorme significado cultural y espiritual para la tribu. Sus “sendas de sueños” [ dreaming tracks ] vinculan entre sí a los sitios sagrados y narran la historia de la creación, asociando sucesos e importantes figuras de la historia Mirrar. El experto en patrimonio D.J. Mulvaney describe claramente la relación entre la cultura Mirrar y su territorio: “Su mundo es tradicionalmente un paisaje humanizado indivisible e inmutable y cada rasgo de la naturaleza tiene un nombre que hace parte de una asociación mitológica significante. Personas y lugares son inseparables, y el pasado y el presente forman una unidad de creación permanente”.

Hace ya veinte años que hay minería de uranio en territorio Mirrar, y ello constituye un elemento central para entender las consecuencias que tendrá la continuación y permanencia de las actividades mineras en la cultura y las tradiciones de este pueblo Aborigen. En mayo del 2000 se supo públicamente que había habido filtraciones de la mina Ranger ya en funcionamiento hacia el Parque Nacional Kakadu circundante. Las filtraciones constaban de más de dos millones de litros de líquido y contenían manganeso, uranio y radio. Desde que se inició la operativa minera también se ha registrado la decadencia de las tradiciones Mirrar, en cuanto se refiere a recolección de alimentos, ceremonias, interacción social y sistemas sociopolíticos.

Aun cuando la mina Ranger se encuentra dentro de su territorio, los Mirrar ya no cazan ni hacen recolección en las zonas adyacentes a esa mina. Algunos ya han expresado preocupación por la calidad del agua en los humedales que rodean la mina y cómo eso puede haber afectado a los peces –que según miembros de la tribu “parecen diferentes”.

El sistema sociopolítico de los Mirrar también se ha visto adversamente afectado, según la Asociación Aborigen Gundjehmi, una organización creada, controlada y manejada por el pueblo Mirrar. Tradicionalmente, los sitios sagrados eran administrados por consenso por guardianes y encargados de la ley, pero desde que empezaron las actividades mineras esa estructura se hizo trizas. La Asociación Aborigen Gundjehmi sostiene que hay gente con intereses directos en la minería, inclusive funcionarios del gobierno, que han sembrado la discordia entre los Aborígenes. Los partidarios de la minería son con frecuencia asignados a puestos de autoridad, mientras que quienes se oponen son expresamente marginados, tal y como les ocurre a los Mirrar.

A medida que avanza la destrucción de los territorios Mirrar, la tribu experimenta la descomposición de su urdimbre social. En un informe de la Comisión del Patrimonio Mundial, de Misión en Kakadu en 1998, se señalaba que “las restricciones de acceso o el daño infligido a los sitios sagrados ... a manos de proyectos mineros contribuyen al desempoderamiento y un pesimismo generalizados entre los bininj [Aborígenes], haciendo inminente la pérdida total de esa cultura”. Es más, según las creencias de la tribu, ocasionar daños a los sitios sagrados conlleva efectos catastróficos, incluso enfermedades y la muerte.

La desesperanza de los Mirrar por la decadencia de sus tradiciones culturales se hace evidente en el aumento de problemas sociales y económicos como el alcoholismo, la violencia, poco interés en la educación y los altos índices de depresión que se registran. Jonathon Nadji, citado en los apuntes de investigación del Centro Cultural Warradjan, describe como “antes de la minería la gente se llevaba mejor, comían más comestibles silvestres y cazaban más en lugar de ir a tomar al Club Social. Cuando yo era joven, íbamos con mi familia a las ceremonias ... pero eso ahora ya no pasa. Se están olvidando cómo son. Están perdiendo su cultura”.

Como seres humanos, tenemos derecho a vivir y morir donde más lo deseamos, a mantenernos de acuerdo a nuestras tradiciones, a educar a nuestros hijos y venerar a nuestros antepasados, y a expresarnos culturalmente así como espiritualmente. El medio ambiente está indisolublemente ligado a la cultura; nuestra tierra nos afirma al pasado, el presente y el futuro. Custodiarla es crucial.

Estelle Muller , periodista independiente, para ATI

Agradecemos a la Asociación Aborigen Gundjehmi, a la revista The Ecologist [Gran Bretaña] y a Defensa Ambiental [EE.UU.] por la información brindada.

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