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abril/junio 2001   

 

DE LA DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS A LA CARTA DE LA TIERRA
¿En qué dirección vamos?
La tendencia y el deseo irrefrenable de hablar por los demás es muy fuerte. Cuando hay quienes aparentemente no tienen voz (según nuestro criterio), convertirse en la voz de los desposeídos es muy tentador. Sin embargo, cualquiera mínimamente sensible a la temática del desarrollo y las diferencias culturales sabe que la línea que separa a la solidaridad del paternalismo o el colonialismo es muy delgada.

En este artículo pretendo cuestionar el valor de un enfoque 'universalista' para el abordaje de los temas sociales y ambientales, reflexionando para ello sobre la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU y más específicamente, también, sobre la 'Carta de la Tierra', cuya ratificación está propuesta para la Conferencia de Río + 10 del 2002 en Johannesburgo, Sudáfrica.

Titubeo acerca de la validez de deslegitimar el 'universalismo' en este artículo, debido a la evidente y demostrable utilidad del concepto de derechos humanos universales en la práctica. No obstante, me preocupa sobremanera el paradigma del 'universalismo' en sí mismo, como instrumento potencialmente opresivo y de poder. Desde mi punto de vista, cuestionar el 'universalismo' es cuestionar uno de los pilares del complejo ideológico industrial/occidental.

El problema del universalismo
Hay quienes argumentan –tildándoseles de 'relativismo cultural'—que existen distintos pueblos y que la gente es diversa, y que probablemente no existan ningunos “derechos universales”. Para algunos pueblos del mundo, el concepto mismo de 'derechos' es relativamente nuevo. Hay muchas culturas que funcionan con base en conceptos de 'responsabilidades' en lugar que 'derechos' –responsabilidades que son definidas por sus comunidades locales y no por ningún organismo administrativo mundial.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos ha sido muy útil, sin lugar a dudas –de hecho, mucho más que útil. De ella se han valido muchas personas, comunidades y organizaciones para oponerse y resistir más eficazmente a la opresión y, además, le ha brindado un fundamento ético a la legislación internacional. Tal grado de eficacia política resulta muy atractivo, pero en un mundo plagado de problemas como el nuestro, debemos ser muy cautelosos con quedar fijados o poner demasiada fe en pequeños ejemplos de 'justicia' o sentido común. En ese contexto, es particularmente importante mantener un espíritu crítico, ya que los efectos negativos del universalismo pueden esconderse tras nuestros reclamos por instituir y proteger los 'derechos humanos'.

Considero que el universalismo, como concepto, es políticamente peligroso, ya que inevitablemente excluye a diversos pueblos y culturas. No existe tal cosa como una “visión neutra” de la realidad, de manera que cualquier documento sobre valores universales –no importa cuán incluyente y participativo haya sido el proceso de su redacción—siempre habrá de reflejar determinados valores culturales y excluir otros. Pretender entonces que el documento hable por toda la humanidad constituye una imposición y un acto de poder, porque pone en funcionamiento una serie de paradigmas, racionalidades y comportamientos, tales como los que entran a jugar en el caso del bosquimano citado más abajo. En un nivel muy rudimentario, hay distintas culturas que definen de maneras muy distintas qué son los 'derechos' y, por lo tanto, qué constituyen violaciones a esos 'derechos'. Analicemos el siguiente caso, por ejemplo:

El cuento del bosquimano que mató a una cabra de un rebaño. Él lo hizo después de pedirle consentimiento al animal, en conformidad con las costumbres de su tribu. En arreglo a sus costumbres tradicionales, al bosquimano no se le podía ocurrir siquiera que el rebaño tuviera un “dueño” investido con “derechos” legitimados por las leyes del Estado. Juzgado según esas leyes tras su captura, el bosquimano reconoció sin titubear y sin culpa alguna lo que había hecho. De hecho, en su cultura y sus costumbres no existen las palabras “culpable” o “inocente”. Pero los árbitros de la “ley imparcial” no podían tomar en cuenta los usos y costumbres del bosquimano, que ignoraba el significado mismo de la palabra “derechos” y “propiedad privada”. Condenado entonces a prisión, el bosquimano no entendía dónde estaba ni porqué. ¿Cuál era el significado de la ley, o los motivos legales y la legitimidad de la sentencia que le había impuesto un juez justo, tras un juicio impecable?

El artículo X de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que: “Toda persona goza de iguales derechos a un juicio público y justo, a manos de un tribunal imparcial e independiente, para determinar sus derechos y obligaciones, y juzgar los cargos criminales que se le imputen”. (www.un.org/Overview/rights.html)

¿Pero acaso no está fundado el concepto mismo de un juicio imparcial e independiente en un sistema legal determinado, culturalmente específico? Si bien es difícil argumentar en contra de este paradigma legal tan 'de sentido común', es importante recordar que esa no constituye la única manera en la que se han estructurado (y se continúan estructurando hoy) efectivos sistemas de justicia en el mundo. Los problemas de la 'universalización' de un modelo fundamentalmente occidental se hacen evidentes en la historia del bosquimano:

“¿Cómo fue el juicio?”, preguntó el abstraído investigador blanco. “Lo condenaron a muerte”, contesto su ayudante, que conocía bien la ascendencia del bosquimano. “¿Por matar una cabra?”, preguntó intrigado el hombre blanco. “No, le dieron tres meses de prisión; pero es lo mismo: el bosquimano morirá con toda seguridad. El nunca ha visto una pared en su vida, y ahora se encuentra rodeado de paredes. Se niega a comer y beber, ya que la vida en una celda es para él inconcebible.”
Fuente: Gustavo Esteva y Madhu Suri Prakash, Grassroots Postmodernism , Zed Books, 1998.

En muchas sociedades modernas, la prisión no está clasificada como 'violencia', 'tortura' o como 'violación de los derechos humanos', siempre y cuando la condena emane de un 'juicio legal'. Sin embargo, las cárceles (y las aulas de clase, si vamos al caso) están consideradas en otras culturas como lugares inhumanos en los que se somete a la gente a tormentos y torturas.

La Carta de la Tierra: otro proyecto universalista
Mucha gente seguramente esté familiarizada con la creación de la 'Carta de la Tierra'. El cometido de la actual fase de la iniciativa de la Carta de la Tierra es “ generar el fundamento ético apropiado para la sociedad global emergente y ayudar a construir un mundo sustentable basado en el respeto a la naturaleza, los derechos humanos universales, la justicia económica y una cultura de paz.” (www.earthcharter.org/welcome/program_en.htm).

La iniciativa de desarrollar una serie de principios para la seguridad ecológica tuvo su origen en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Ambiente Humano, realizada en Estocolmo, Suecia, en 1992. Desde entonces, muchos grupos y coaliciones han contribuido a la articulación de los principios y valores necesarios para el desarrollo sustentable. La Carta de la Tierra fue uno de los resultados esperados de la Cumbre de la Tierra, celebrada en Río de Janeiro en 1992. Ella debería haber constituido el fundamento ético de la Agenda 21 y otros documentos surgidos de la Cumbre. La Carta de la Tierra no está propuesta como base para leyes “fuertes”, sino más bien como instrumento legal “suave” que sirva como elemento de presión moral.

Mis inquietudes en torno a la Carta de la Tierra están fundadas en la crítica antedicha al 'universalismo'. Tales preocupaciones se encuentran reforzadas y convalidadas por algunos de los problemas inherentes al borrador actual de la Carta de la Tierra (y sostengo que tales problemas siempre existirán en todo proyecto 'universalista'). Por ejemplo, en el anteproyecto de la Carta (www.earthcharter.org/draft/charter.htm) se lee que: Se requieren cambios fundamentales en nuestros valores, instituciones y modos de vida.

Yo me pregunto, ¿en los valores y modos de vida de quién? ¿Quién ha de determinar que se precisan cambios fundamentales en los valores y modos de vida del pueblo Penan, por ejemplo, en las selvas de Sarawak, en Malasia? El borrador también dice que: Aceptar el derecho de propiedad, de manejo y de uso de los recursos naturales implica la responsabilidad de impedir los daños ecológicos y proteger los derechos de los pueblos y las personas.

Los conceptos de 'propiedad' y de 'derecho a la propiedad', ¿no serán acaso construcciones particulares de determinadas culturas? ¿Es acaso razonable o respetuoso imponerle estos conceptos (discutiblemente problemáticos) a toda la humanidad, consagrándolos? Quizás fuera más fructífero si dedicásemos tiempo a cuestionar el mismísimo concepto de 'propiedad' sobre los recursos naturales y a entender su trayectoria histórica.

Estos son tan sólo dos de los muchos ejemplos que demuestran que la Carta de la Tierra no aprueba el examen de imparcialidad cultural. Es por eso evidentemente problemático que tal documento sea aceptado como el “fundamento ético de la sociedad global emergente.”

En un terreno más práctico, los defensores de la Carta de la Tierra sostienen que ésta puede ser usada para pedirle cuentas y responsabilidad a las empresas en torno a algún tipo de normas ambientales. Sin embargo, es plausible pensar que las normas nacionales o internacionales podrían ser igualmente efectivas (¿o inefectivas?), sin los problemas asociados al 'universalismo'.

Sin duda ya hemos aprendido que no necesitamos más declaraciones pomposas de buena voluntad y sanas intenciones. ¿Cuán efectivos han sido acaso otros acuerdos, declaraciones y cartas 'mundiales' de ese tipo? El Convenio del Patrimonio Mundial ni siquiera es capaz de proteger de la minería de uranio a Sitios de Patrimonio Mundial. No está claro porqué exactamente cree la gente que una Carta de la Tierra podría lograr más que lucir hermosa en la pared de las oficinas centrales de alguna empresa en cualquier lugar.

Mi opinión es que no necesitamos seguir imponiéndole a otras culturas construcciones ideológicas occidentales; que no necesitamos ninguna otra carta 'ineficaz' que nos recuerde que debemos comportarnos decentemente unos con otros; y ciertamente no necesitamos una Carta de la Tierra.

John Hepburn , AT Australia

John trabaja en AT Brisbane, Australia, en temas de sustentabilidad.
Contacto: foebrisbane@uq.net.au.
Agradecemos a Morgan Brigg por sus ideas y trabajo de corrección.

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