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Juan Almedares de los Amigos de la Tierra Honduras habla de tener piel oscura.

juan almendares

Tener la piel oscura siempre me ha dado un sentido de dignidad y de sentirme orgulloso de los genes que constituyen parte de la estirpe de toda la humanidad y a no tener ningún sentido discriminativo en perjuicio de un ser de piel amarilla, roja o blanca. Por el contrario el sentir amor al color de mi piel y a todos los colores de los seres humanos constituye la expresión plena de mi ternura planetaria con la multi-diversidad.

 

Ese amor también se manifiesta al ser partidario de la no violencia; estar contra de la guerra; ser luchador por la paz, el respeto a los derechos humanos y la justicia ambiental.

 

Para ser consecuente, estoy en el camino de ser vegetariano y extender la ternura a las plantas, animales y bacterias y luchar en igual forma por sus derechos ; así mismo tengo como norma de conducta levantar siempre mi voz, con toda la fuerza cultural y espiritual; aunque vivamos en una "democracia" sin libertad de expresión, donde se deforma la verdad , la historia y se agrava la desigualdad económica, la explotación, la tortura, los tratos crueles , inhumanos y degradantes contra los seres del mundo oprimido por la globalización imperial; donde los pueblos poseen la firmeza de luchar por ser libres y tener dignidad frente al proceso de la acumulación histórica del capital.

 

Por ser solidario con los pobres y oprimidos y luchar contra la ocupación militar en Honduras o en cualquier país del mundo; defender los derechos y tener una posición contra el racismo, la discriminación por género y clase social y las conductas patriarcales imperiales y guerreristas he sido objeto de atentados persecuciones y tortura. Sin embargo no anido el odio, pero sí mantengo mis principios de un posicionamiento critico y reflexivo contra todo sistema opresor.

 

Honduras Garifuna.jpg

En la década de los años noventa, en plena represión política, nos pronunciamos en contra de las declaración discriminatoria de uno de los Jefes de las Fuerzas Armadas de Honduras; porque manifestaba que en el ejército no deberían existir personas con antecedentes familiares de árabes o judíos. En todas las circunstancias que han sido posibles nos hemos solidarizado con los campesinos, indígenas y garífunas cuando han sido desalojados violentamente por la brutalidad policial y militar para que las tierras que ellos han cultivado sean ocupadas por las multinacionales del banano, las industrias mineras y las plantaciones de palma africana y caña de azúcar que ahora en vez de ser empleadas para producir alimentos en un país de hambre y miseria, se destinan para que los biocombustibles sean utilizados por los carros de lujo del primer mundo y de los sectores poderosos de los países pobres.

 

En igual forma rechazamos cualquier forma discriminatoria o de violación a los derechos de una persona blanca o de cualquier origen en nuestro país o en cualquier parte del mundo. Resulta irónico e infame de que las naciones desarrolladas tienen en los célebres museos los testimonios de sus barbaridades y los legados culturales de los países colonizados.

 

En mis viajes a los países cazadores del planeta, por mi piel oscura se me ha considerado, hindú, indonesio, árabe, judío sefardita, latino, mestizo, afro-descendiente. La discriminación que he sufrido ha sido sutil o grotesca. El fundamentalismo racista se basa en que toda persona de piel oscura que visita occidente puede ser: subversivo, terrorista, narcotraficante o es un sujeto que viene a quedarse en estos paraísos artificiales. Parecen ignoran que históricamente seguimos aterrorizados por sus políticas genocidas y sus desiguales inhumanas

 

Recuerdo una vez que pasaba por un país poderoso, donde tengo amigos y amigas solidarias, un agente migratorio de origen cubano , en el buen español me dijo: “a que te dedicas” y le respondí, a la medicina: Bueno –dijo-, te voy a hacer un examen para ver si eres médico y me interrogó acerca de una de las vértebras de la columna cervical. En tono sarcástico dijo: a que vienes a este país y le respondí: a ser profesor visitante de una de las escuelas de medicina.

 

La segunda experiencia fue que tuve que esperar en una de las oficinas de migración, para una entrevista. En la oficina estaba una señora centroamericana con su hija de siete años. Luego la señora fue llamada por el agente quien le gritó, diciéndole: deja la niña y sólo vienes tú. Al ver a la niña sola la tome de la mano y se la llevé a la madre y le dije al agente que la tratara con respeto. El agente me gritó: “Usted tiene que recordar que esta en el país más poderoso de la tierra y si yo quiero puedo no dejarlo entrar. Aquel grito no dejo de asustarme y sin embargo, en forma digna y serena le respondí: reconozco y respeto las leyes de su país; pero al igual que usted , la señora , la niña y el que le habla tenemos todos la piel obscura; su comportamiento es racista y estoy seguro de que usted ha sufrido discriminaciones en esta sociedad por el mismo motivo. En forma más tranquila y menos arrogante, el agente reconoció a regañadientes su comportamiento y permitió la entrada a los tres visitantes.

 

La llegada a un aeropuerto me causa un trauma psicosocial puesto que en la década de los años ochenta fui violentamente secuestrado por dos miembros del ejército hondureño con metralletas, por luchar por los derechos humanos y denunciar los crímenes relativos a los desaparecidos y torturados. En otros países fui amenazado a muerte o he sido sometido a tortura psicológica durante los interrogatorios en algunas oficinas de migración.

 

La última experiencia, para no contar más de una decena, ocurrió en mi viaje más reciente a Europa, cuando al salir del país anfitrión fui interrogado primero por un agente local quien compartió la entrevista intimidatoria con otro del país más poderoso de la tierra.

 

Me hicieron las preguntas de rigor para cualquier viajero, en las circunstancias actuales, después de haber sido sometido y aprobado el examen por los registros electrónicos y humanos; pero en forma inmediata la entrevista tuvo una connotación que me recordaba el terror que sufrí en las décadas de los años ochenta y noventa. En esta ocasión. sin embargo, había un elemento novedoso: los defensores de la justicia ambiental.

 

Requirieron datos, contactos, nombres de personas que asistían y organizaban el evento al que yo había asistido; indagaron sobre los objetivos políticos, lugares de reunión, fuentes de financiamiento. Después del interrogatorio me di cuenta de que no hay ninguna duda que luchar por la justicia ambiental también constituye un gran riesgo para la vida.

 

Mis respuestas fueron escuetas y pertinentes. Les indiqué que en el libro telefónico estaba el nombre y teléfono de la organización que me había invitado; nuestro objetivo de trabajo era contribuir a la salud planetaria. Y no di nombres porque, además de que eran de otro idioma, me sentí irrespetado en mi dignidad personal.

 

Con todo lo que he pasado por tener la piel obscura he llegado a la conclusión de que nunca pintaré mi piel de otro color, ni cambiaré mi cabello rizado, ni venderé mi conciencia de amor planetario. Nuestra arma más poderosa será siempre la ternura, la solidaridad y en esta inmensa cárcel de la democracia, la más poderosa de todas: decir la verdad.

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