Karin Nansen

Karin Nansen reflexiona sobre el pasado, presente y futuro de Amigos de la Tierra Internacional en procura de cambiar el sistema.

Nuestro 50 aniversario es una buena oportunidad para evaluar nuestros aportes a la justicia ambiental, aprender de nuestra historia, analizar el contexto internacional actual y los desafíos que nos esperan, y proyectar el papel que podemos desempeñar a futuro en el movimiento más amplio por el cambio de sistema.

Mi historia como militante en la arena internacional es inseparable de la historia de Amigos de la Tierra Internacional. Mi primer encuentro con grupos miembro de otras regiones del mundo fue en 1992 en la Cumbre de la Tierra en Río de Janeiro (la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo – CNUMAD). Antes de la Cumbre, Amigos de la Tierra Internacional participó en un proceso de gran importancia, sumándose a las voces de la sociedad civil que en todo el mundo denunciaba al ‘sector independiente’ –el antecesor del régimen de gobernanza por múltiples partes interesadas (multistakeholderism)—ideado para legitimar a las empresas transnacionales como actores no-gubernamentales y darles así un papel clave antes, durante y después de la CNUMAD. En Río denunciamos el poder de las empresas transnacionales y pusimos al descubierto su responsabilidad por la destrucción del medioambiente y los medios de sustento y las desigualdades crecientes. Argumentamos que el consumo excesivo del Norte y la concentración de los recursos son la raíz de los problemas socio-ecológicos mundiales que enfrentamos –cambio climático, pérdida de biodiversidad y deforestación—y contribuimos así a la noción de responsabilidades diferenciadas del Norte y el Sur.   

Ese mismo año tuve el honor de participar en la Asamblea General de Amigos de la Tierra Internacional en España como delegada de REDES/Amigos de la Tierra Uruguay. Entre otras cosas, allí discutimos acerca de la necesidad de encarar los impactos previstos de la Ronda Uruguay del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio), que llevó a la creación de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Esa discusión inicial, seguida de análisis posteriores y trabajo de incidencia, dio lugar ulteriormente a nuestro programa de Comercio, Sustentabilidad y Medioambiente (TES, por sus siglas en inglés) para luchar contra el neoliberalismo y el poder las empresas transnacionales, incluyendo una campaña contra la OMC.

En ese entonces muchas organizaciones de ATI estaban luchando contra los programas de ajuste estructural del FMI en los países del Tercer Mundo,  dirigidos a imponer la privatización de los servicios públicos, la apertura irrestricta a las importaciones y un modelo productivo centrado en la producción de materias primas para la exportación. A inicios de la década de 1990, las organizaciones miembros de ATI en América Latina opusieron resistencia contra la Iniciativa de las Américas (el antecedente del Área de Libre comercio de las Américas – ALCA) del presidente Bush padre y los canjes de deuda por naturaleza.  En 1997 AT Estados Unidos invitó a otros grupos de la Federación a sumarse a la campaña contra el Acuerdo Multilateral de Inversiones de la OCDE, que se negoció en secreto y pretendía lograr la apertura irrestricta del Sur global a las inversiones de las Empresas Transnacionales que gozarían de enormes beneficios, incluyendo, entre otros, la cláusula de Trato Nacional y la eliminación de los requisitos de desempeño cuando operan en países del Sur.

Pero fue la lucha contra la OMC la que le permitió al conjunto de Amigos de la Tierra Internacional desarrollar un análisis político-económico en profundidad sobre los impactos y amenazas de la globalización neoliberal, tanto para la justicia ambiental como para la realización de los derechos de nuestros pueblos.

Las políticas neoliberales de la OMC, los TLC y los Tratados de Inversiones fueron ideadas para posibilitar la expansión territorial del capital y la inclusión de la naturaleza y distintas dimensiones de la vida en sociedad en el circuito de acumulación, y darles a la vez a las empresas transnacionales más poder en la toma de decisiones y la elaboración de políticas.

El análisis sobre el neoliberalismo y la lucha en su contra se tradujo en importantes campañas de Amigos de la Tierra Internacional contra los acuerdos de libre comercio e inversiones, contra el poder y la impunidad de las empresas transnacionales, y contra la privatización y mercantilización del agua. También nutrió nuestro trabajo por la justicia climática, en torno a los bosques, la biodiversidad y contra los transgénicos  y la imposición de la lógica de mercado en la política ambiental, por ejemplo, los mecanismos de mercado en el marco de la CMNUCC.

A medida que se nos sumaban más grupos del Sur, seguimos desarrollando nuestros programas, campañas y luchas basándonos en la justicia ambiental, social, económica y de género; el reconocimiento de las deudas ecológica y climática que el Norte le debe al Sur; la importancia de la soberanía de los pueblos, y la necesidad de eliminar todas las formas de dominación y explotación. Todo esto alimentó nuestra visión del mundo, acordada en 2005.

Hoy enfrentamos crisis cada vez más profundas que amenazan los sistemas ecológicos que sostienen la vida, y que atentan asimismo contra los derechos de los pueblos en todo el mundo. Las crisis sistémicas (del clima, biodiversidad, alimentación, agua) ya están generando impactos devastadores en todo el mundo, trastornando gravemente los sistemas y ciclos naturales y las funciones de la naturaleza, con grandes consecuencias para los pueblos y comunidades cuyos medios de vida son destruidos y que se ven desplazados/as al perder sus hogares y tierras, y para quienes el hambre y la escasez de agua son realidades diarias. Esta profunda crisis socio-ecológica se ve exacerbada por la crisis de los cuidados, las crecientes desigualdades y la crisis política.

La crisis de los cuidados es evidente en una sociedad organizada para garantizar la acumulación de capital en lugar de proteger la vida. Una sociedad cada vez más permeada por la lógica del mercado, que transforma todas las dimensiones de la vida en sociedad y de la naturaleza en mercancías. Una sociedad neoliberal de mercado de ese tipo privatiza la seguridad social, los servicios públicos y los sistemas de salud y educación, mientras que la clase trabajadora, las mujeres e inmigrantes pierden sus derechos. El trabajo de cuidados recae cada vez más exclusivamente sobre las mujeres de la clase trabajadora y negras/afrodescendientes. Se fortalece la división sexual del trabajo y profundiza la explotación de los cuerpos y el trabajo de las mujeres. La violencia contra las mujeres como herramienta para controlar sus vidas y cuerpos es una horrible realidad que nos interpela.

En las negociaciones multilaterales se pretenden imponer respuestas a las crisis basadas en el mercado, que sólo son funcionales a los intereses de las empresas transnacionales y del sector financiero. Ese enfoque reduccionista convierte a la naturaleza en unidades transables en el mercado. Los permisos de emisión o mercados de carbono, compensar en otro lugar la destrucción de la biodiversidad, reducir los procesos naturales a servicios ecosistémicos son todos ejemplos de iniciativas para mercantilizar la naturaleza y continuar con la acumulación de capital y las actividades económicas causantes de la crisis ambiental, ahora maquilladas de verde. La intensificación sostenible de la agricultura y la agricultura climáticamente inteligente son asimismo intentos de disfrazar de verde un modelo de producción profundamente contaminante y destructivo.   

Las empresas transnacionales están decididas a impedir el establecimiento de políticas públicas que promuevan una transformación de raíz del sistema energético y alimentario y que regulen y limiten su capacidad destructiva. Para ellas las crisis actuales son una oportunidad de negocios, lo que explica por qué están impulsando la mercantilización de la naturaleza y la adopción de falsas soluciones tecnológicas que les permiten mantener y aumentar sus márgenes de ganancia y su control de la naturaleza.  Con ese fin despliegan estrategias de cabildeo y acciones para cooptar los procesos y foros de toma de decisiones.    

En muchos países estamos siendo testigos de una crisis de la democracia, donde las fuerzas de derecha llegan al poder con políticas y un discurso de odio, racista, xenófobo, misógino y contrario a la clase trabajadora y los derechos. La cooptación empresarial de los procesos de toma de decisiones se está volviendo una dura realidad, al tiempo que las organizaciones y movimientos sociales tienen cada vez menos posibilidades de expresarse. Los derechos conquistados mediante la lucha son erosionados para abrirle camino a una mayor opresión y explotación. Las comunidades, organizaciones de base y movimientos sociales se enfrentan a la persecución y criminalización crecientes, e incluso asesinatos, como estrategia sistemática para silenciar sus voces y eliminar su capacidad de organizarse, resistir, movilizar y transformar nuestras sociedades.

La pandemia de Covid-19 puso de manifiesto las peores características de una sociedad organizada bajo un sistema capitalista, patriarcal y racista que privilegia la acumulación de riquezas y poder. Por eso ha reforzado la movilización contra el neoliberalismo, por la reorganización del Estado para que actúe en función de los intereses populares y fortalezca los servicios públicos y los sistemas de salud pública.

Hoy, la necesidad urgente de transformar de raíz nuestras sociedades y cambiar de sistema, tal y como propone Amigos de la Tierra Internacional se ha vuelto más evidente que nunca. Los pueblos en todo el mundo están luchando por tomar el control y reorganizar el sistema energético, alimentario y económico, y revertir la dicotomía entre sociedad y naturaleza. Es indudable que los Pueblos Indígenas, comunidades negras, campesinas y pescadoras, cuyos medios de sustento dependen de los bosques y la biodiversidad, son las/os que realmente los están protegiendo. Gracias a la lucha audaz e histórica de los movimientos feministas en todo el mundo, al trabajo de cuidados finalmente se lo reconoce como fundamental para la sustentabilidad de la vida, y por ende, la necesidad de revertir la división sexual del trabajo y la dicotomía entre el trabajo productivo y reproductivo, así como lograr la autonomía de las mujeres.

Si queremos transformar verdaderamente nuestras sociedades, es necesario desmantelar urgentemente todas las opresiones sistémicas: de clase, racista, patriarcal, heteronormativa, colonial, diseñadas para negar nuestros derechos y evitar que nos convirtamos en actoras/es políticas/os.

Nuestro potencial como Amigos de la Tierra Internacional para contribuir a esa transformación junto a nuestros grupos miembro y aliadas/os internacionales es enorme.

Estamos profundamente arraigados. Nuestros grupos miembro y las comunidades y movimientos sociales aliadas/os están liderando la resistencia contra el poder empresarial y la violación de los derechos de los pueblos. Oponen resistencia contra el acaparamiento de tierras y del agua, la deforestación, la contaminación y la destrucción de los medios de sustento y los territorios. Hacen campañas en todos los continentes en contra de la minería, los combustibles fósiles, las mega-represas, el agronegocio y las falsas soluciones en todos los ámbitos.

Están construyendo las soluciones verdaderas de los pueblos, demostrando que es posible enfrentar las crisis sistémicas y socio-ecológicas desde una perspectiva de justicia ambiental, social, económica y de género, abandonando los combustibles fósiles y la agricultura industrial y parando la deforestación. Están comprometidos con la justicia climática, llevando a cabo una transición justa hacia energías renovables bajo control público y comunitario, la soberanía alimentaria y la agroecología, el manejo comunitario de bosques, y la justicia económica y la economía feminista.

Somos incluso más fuertes cuando convergemos a nivel internacional con nuestras/os aliadas/os para luchar contra las crisis sistémicas y el poder e impunidad de las empresas transnacionales. Conseguimos elaborar relatos y posiciones políticas claras, profundas y coherentes, que son muy ampliamente valoradas.

Hemos aprendido cuán importantes son y nos hemos comprometido en procesos de construcción de movimiento y agendas políticas conjuntas con otros movimientos, basadas en la justicia y la soberanía de los pueblos.

Somos conscientes de la importancia de nuestro compromiso con la construcción de movimientos populares y poder popular. Debemos y podemos reivindicar la política y las políticas públicas dirigidas a abordar las crisis sistémicas en muchos foros multilaterales clave, y denunciamos y luchamos en contra de la cooptación empresarial de los procesos de toma de decisiones.

Tenemos que involucrarnos en una “batalla de ideas”, una disputa de imaginarios y significados colectivos, una disputa de la esfera política y la política pública con el fin de revertir el ataque contra la democracia y la noción misma de justicia que lleva a cabo la derecha y los poderes económicos concentrados.

Nos comprometimos a desmantelar el patriarcado, así como todos los demás sistemas de opresión. Tenemos mucho por hacer, tanto internamente en la federación como en nuestras sociedades. Pero nuestra alianza con la Marcha Mundial de las Mujeres, La Vía Campesina y otras organizaciones feministas nos hace más fuertes.

Creemos en el internacionalismo y lo estamos construyendo, dentro de la federación, y también con nuestras/os aliadas/os. Trabajamos juntas/os para luchar contra las opresiones sistémicas y defender los derechos. Nos solidarizamos con las/os defensoras/es de los territorios y los derechos de los pueblos que son atacadas/os por grandes empresas y los poderes económicos nacionales. Sentimos cada lucha en cualquier lugar del mundo como nuestra propia lucha.

Ahora estamos celebrando una victoria contra una empresa transnacional muy poderosa. El tribunal falló que Shell es responsable de provocar el cambio climático y le ordenó reducir sus emisiones a lo largo de su cadena de producción. La demanda se construyó con una perspectiva internacionalista y demostró que el poder de esta empresa inflige daños a muchísimas comunidades en todo el mundo. Esta victoria demuestra que nosotras/os y las comunidades que sufren los impactos del cambio climático estábamos en lo cierto cuando decíamos desde hace tiempo que las empresas transnacionales son las responsables de la crisis, no la solución. ¡No podrán seguir destruyendo impunemente nuestro clima, nuestros territorios, medios de sustento, culturas y hogares!

¡Juntas y juntos, como parte del movimiento, somos más fuertes!