FoEI delegation at UN Plastics Treaty in Geneva


El siguiente es un artículo de opinión escrito por Sam Cossar-Gilbert, de
Amigos de la Tierra Internacional, publicado originalmente por Common Dreams.

Mientras las delegaciones se reúnen en Ginebra, Suiza, para lo que se espera sea la última ronda de negociaciones por un tratado de las Naciones Unidas que aborde la crisis de los plásticos, es mucho lo que está en juego.

El Tratado de la ONU sobre Plásticos se anuncia como la mejor oportunidad que tiene el mundo para acabar con la contaminación provocada por los plásticos, pero a menos que le haga frente al poder de la industria de los combustibles fósiles, corre el riesgo de convertirse en poco más que un plan de reciclaje con un nuevo logo. Dado que más del 99% de los plásticos se fabrican a partir de petróleo y gas, la realidad es que el plástico es el plan B de la industria de los combustibles fósiles. Mientras el mundo se ve presionado por alejarse de los combustibles fósiles, los gigantes de la industria petroquímica y del petróleo apuestan por los plásticos para garantizar sus ganancias y perpetuar un modelo de negocio destructivo durante las próximas décadas. Las proyecciones de la industria muestran que se tiene planeado aumentar drásticamente la producción de plástico, perpetuando las emisiones justo cuando la ciencia climática advierte que debemos eliminar progresivamente los combustibles fósiles. Los plásticos ya representan alrededor del 4% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Si no se interviene, esta cifra podría duplicarse de aquí a 2050, ya que los plásticos llegarían a representar el 20% del consumo mundial de petróleo y gas.

Es por esta razón que las negociaciones del Tratado de las Naciones Unidas sobre Plásticos son un momento crítico en la lucha más amplia por reducir la contaminación, poner un tope a las emisiones de gases de efecto invernadero y luchar por la justicia climática. Reducir la producción de plásticos no sólo es vital para limpiar los océanos y las áreas costeras, sino que también se trata de desmantelar un pilar clave de la economía de los combustibles fósiles. Pero las mismas empresas que generaron esta crisis se han infiltrado en el proceso que supuestamente debía resolverla. Cientos de delegados de grupos de cabildeo de la industria han participado en las negociaciones sobre el tratado con el objetivo de eliminar cualquier mención a los límites de producción. Más de 200 delegados de grupos de cabildeo de la industria están presentes en las negociaciones de este año. El resultado que prefieren es claro: un acuerdo débil centrado exclusivamente en la gestión de residuos, dejando intacta la raíz del problema. 

El costo humano de ceder ante la influencia y las exigencias de la industria de los combustibles fósiles y la industria petroquímica se conoce muy bien. Desde las comunidades más afectadas en Asia, África y América Latina hasta el infame «callejón del cáncer» en Estados Unidos, los plásticos envenenan el aire, el agua y el suelo, y perjudican de forma desproporcionada a las comunidades indígenas, negras, racializadas y de bajos ingresos. En el Sur Global, los países tienen que lidiar con la carga adicional del colonialismo de residuos: residuos importados que ellos no han generado. Al igual que la crisis climática, es una historia de explotación sistémica: ganancias para unos pocos, impactos tóxicos para la mayoría. 

Las falsas soluciones de la industria petroquímica y de los combustibles fósiles no hacen sino agravar esta injusticia. Los índices de reciclaje siguen siendo insignificantes y los nuevos esquemas, como los “bonos de plástico”, reproducen los fracasos de los mercados de carbono: actúan como cortinas de humo financieras que no hacen nada para reducir la producción. Estas falsas soluciones desvían la atención de los culpables y desplazan el foco de atención al final del ciclo de vida de los plásticos, en lugar de abordar todas sus etapas. Adoptar estas falsas soluciones significa consolidar el problema en lugar de resolverlo.

No hay dudas sobre qué es lo que se necesita: un tope jurídicamente vinculante a la producción de plástico. Todo lo que esté por debajo de eso le deja vía libre a las empresas de combustibles fósiles para seguir extrayendo, refinando y contaminando. Un tope de este tipo no sólo reduciría las emisiones y la contaminación, sino que sentaría un precedente para impugnar el poder de las grandes empresas en otros ámbitos de la crisis climática. 

Quienes están negociando el tratado se enfrentan a una clara decisión y responsabilidad. Pueden ponerse del lado de las comunidades envenenadas por los plásticos, de las/os trabajadoras/es que exigen una transición justa y del creciente movimiento mundial para acabar con la contaminación y garantizar la justicia climática. O pueden permitir que la industria de los combustibles fósiles tome control de otro acuerdo internacional, dejando que las generaciones futuras se ahoguen en sus consecuencias.

Si el mundo quiere verdaderamente acabar con la contaminación por plásticos, debe comenzar por poner fin a la producción desenfrenada de plásticos. Las delegaciones pueden emprender el camino hacia una transición justa y un verdadero cambio de sistema que ponga en el centro a las personas y al planeta, enviando un fuerte mensaje a la industria de los combustibles fósiles de que su tiempo ya pasó y que ya no podrán seguir tomando control de los acuerdos y tratados. Cualquier otra cosa no será suficiente.