La presión empresarial en las dos semanas de negociaciones del Convenio sobre la Diversidad Biológica ha sido enérgica. Mientras el planeta cae en una espiral cada vez más profunda de crisis de la biodiversidad, las grandes empresas hacen todo lo que esté a su gran alcance para impedir la adopción de medidas importantes que pueden salvar a nuestros ecosistemas.

Composición de los órganos científicos subsidiarios

Las empresas están llenando con su propia gente los órganos científicos subsidiarios. Durante un foro virtual sobre biología sintética realizado el año pasado, quedó claro que la agenda estaba guiada por representantes de grupos de cabildeo con intereses sesgados. Corporate Europe Observatory reveló cómo «la Iniciativa de Investigación Pública y Regulación (PRRI), un grupo de cabildeo empresarial pro-biotecnología, reúne a representantes de la industria, investigadores y entes reguladores en ‘grupos de afinidad’ para manipular aspectos cruciales de las negociaciones internacionales sobre bioseguridad». En respuesta, el Secretariado, como órgano neutral, sugirió un nuevo texto al Convenio según el cual se les solicita a quienes formen parte de los órganos de asesoramiento científico que declaren si tienen conflictos de interés o no.

Los conflictos de interés no se harán públicos. Ni tampoco se inhabilitará a nadie que incurra en conflictos de interés. En vez de eso, una comisión se encargará de «equilibrar» a las partes en conflicto. ¿Pero cómo se equilibra a alguien que tiene un interés financiero sesgado, con alguien cuyo único interés al mismo tiempo debe ser preservar el planeta? El concepto de equilibrio en este contexto es totalmente erróneo y allana el camino para que haya choques entre las empresas y los intereses del planeta. El convenio de biodiversidad está visiblemente rezagado en materia de normas para frenar los intereses empresariales –hasta la convención sobre el cambio climático tiene normas más estrictas sobre conflictos de interés. Aunque el texto actual es insuficiente, al menos es un primer paso.

Las empresas imponen las condiciones y su terminología

Uno de los términos de moda en lo que hace a las políticas en materia de biodiversidad es la «transversalización » (o «mainstreaming» en inglés) y casi todo el mundo  lo ha adoptado, de dientes para afuera. La traducción al castellano ofrece una definición más clara de lo que debería implicar el término. Suscribimos que la biodiversidad debe ser tenida en cuenta en todos los sectores económicos. Esto es de vital importancia. Sin embargo, el significado implícito del «mainstreaming» es que quienes trabajan para proteger la biodiversidad se verán obligad@s a interactuar con las empresas, en los términos que estas impongan. Se nos conmina a respetar las necesidades de crecimiento económico tal como lo definen las multinacionales, en lugar de exigirles a las empresas que respeten los límites planetarios.

Hace dos años, a las y los delegados del Convenio se les solicitó que hicieran un trabajo de ‘transversalización’ de la biodiversidad en la agricultura, la pesca, el turismo y la silvicultura –que son sectores industriales indudablemente perjudiciales para el medioambiente, pero que colapsarán en definitiva si nuestros ecosistemas colapsan. Ahora nos quieren meter con calzador a trabajar por la transversalización de la biodiversidad en las despiadadas industrias de energía, minería y manufactureras.

No encontraremos las soluciones para la crisis de la biodiversidad al interior de estas industrias ni trabajando con ellas. No hay manera de que el extractivismo funcione en armonía con la biodiversidad; es una contradicción en los términos.

El Convenio les pide a los Estados que coordinen con la industria en función de la «responsabilidad social empresarial»: sabemos por experiencia que las empresas evocan con lirismo la responsabilidad social en el Norte Global, al mismo tiempo que saquean y diezman a las comunidades y al Sur Global para fabricar productos que venden como «éticos» en el Norte. Durante los eventos empresariales, los voceros de las empresas dicen que lo único que necesitan saber es cuáles son las directrices éticas para poder cumplir con ellas. Entretanto, esas mismas empresas luchan con uñas y dientes contra un tratado jurídicamente vinculante sobre empresas transnacionales y derechos humanos en el marco de la ONU. Como no hay puntos conflictivos entre las Partes del Convenio sobre el borrador del texto relativo a la transversalización, probablemente sea aprobado esta semana.

Continuismo neoliberal

De igual manera, la industria repite como loro la necesidad de un «cambio transformador» que no es más que otro gesto vacío para mantener en última instancia el statu quo neoliberal. El término hace nuevamente énfasis en la responsabilidad social empresarial y la necesidad de incentivar y subsidiar a las empresas y la industria, para convencerlas de que hagan lo correcto.

El término «cambio transformador» pretende cooptar la narrativa del cambio de sistema, que implica crear sociedades basadas en la soberanía de los pueblos y la justicia ambiental, social, económica y de género, y que nos exige a todas y todos cuestionar y desmontar la lógica capitalista de acumulación. 

Los promotores del ‘cambio transformador’ sostienen que la economía tendrá que modificarse, pero cualquier atisbo de evolución se enmarca claramente dentro del modelo neoliberal actual. Ninguno sugiere que la «transformación» implique reglamentar a las empresas y ponerles límites, y avanzar en pos de las soluciones verdaderas frente a las catástrofes climática y de la biodiversidad.

Tenemos que abandonar la agricultura industrial y encaminarnos hacia la agroecología –un conjunto poderoso de prácticas agropecuarias tradicionales basadas en principios ecológicos que puede alimentar al mundo y enfriar el planeta. Sin embargo, en esta Conferencia de las Partes que llega a su fin este 29 de noviembre, ocurrió lo contrario: fuimos testigos de una ofensiva empresarial muy agresiva a favor de la biología sintética. Se trata de una modalidad novedosa, avanzada y peligrosa de ingeniería genética que puede modificar profundamente especies y ecosistemas enteros.

Las soluciones verdaderas a la crisis ecológica emanan de valorar el bienestar de los pueblos y el planeta.

Este artículo fue publicado originalmente en New Internationalist (Inglés)