Finalmente, parece que la urgencia de la crisis climática es tal que ya es imposible que los responsables de tomar decisiones, especialmente del Norte Global, la pasen por alto. En los últimos meses, cientos de gobiernos locales así como un puñado de gobiernos nacionales del Norte Global declararon una emergencia climática.

 

Pero no nos equivoquemos: este es el resultado directo de la acción de base de grupos tales como Fridays For Future, Extinction Rebellion, y Ende Gelände, sin mencionar las luchas por justicia climática que vienen teniendo lugar desde hace décadas, lideradas por movimientos en el Sur Global. A medida que avanzamos hacia otra temporada intensa de huelgas, cumbres, movilizaciones y negociaciones, es de esperar que haya más declaraciones de ese tipo haciendo titulares en los medios.

Los líderes mundiales insisten en decir que están haciendo todo lo que pueden. Lamentablemente para ellos, leímos las aterradoras conclusiones sin precedentes del informe especial del IPCC sobre 1,5 grados, vemos cómo los ciclones y huracanes devastan vidas y medios de sustento y somos conscientes de cuán profunda y rápida tiene que ser la acción en materia climática.

Declarar una emergencia climática no puede ser un gesto vacío. Tiene que venir de la mano de medidas a una escala y ritmo que estén a la altura de la urgencia de la crisis. Pero cuando aún está fresca la tinta de las declaraciones de emergencia, seguimos viendo cómo los países ricos continúan financiando infraestructura de combustibles fósiles en sus propios países y en el extranjero.

A pesar de las nuevas promesas, los gobiernos del Norte Global no están ni cerca de cumplir con su cuota parte de la ‘distribución justa de la carga’ en materia climática. Los países que vienen contaminando desde la Revolución Industrial son los principales responsables del calentamiento que experimentamos hoy en día, y puesto que haciéndolo se han vuelto países ricos, son los que tienen más capacidad para actuar. Entonces, ¿por qué no lo hacen?

Estos gobiernos se mueven dentro de los límites de la llamada “viabilidad económica”. Quieren que se los vea como que están reduciendo las emisiones, mientras mantienen un crecimiento infinito en un planeta con recursos finitos. Esto explica por qué se invierten grandes sumas de  dinero en esquemas dudosos como la compensación de emisiones y los mercados de carbono; en tecnologías energéticas ineficaces y peligrosas como las megarrepresas, la energía nuclear y la bioenergía; y en el desarrollo de ´trucos’ tecnológicos de alto riesgo como la geoingeniería y la captura y almacenamiento de carbono.

Nos referimos a estas como “falsas soluciones” — porque una supuesta “solución” que está principalmente diseñada para garantizarle  ganancias a la elite empresarial no es ninguna solución. Las falsas soluciones les permiten a gigantescas empresas de energía sucia como Shell continuar explotando combustibles fósiles y seguir expandiendo sus operaciones.

Como movimiento mundial que trabaja por la justicia ambiental, no permitiremos que el afán de lucro restrinja nuestra imaginación colectiva. Exigimos soluciones verdaderas. La crisis climática exige un sistema político y económico totalmente diferente; uno puesto al servicio de resolver las necesidades de los pueblos, no de seguir enriqueciendo a las grandes empresas.

Un enfoque de cambio de sistema nos obliga a exigir que la energía sea considerada un derecho humano. El viento y la luz solar, así como las semillas, los alimentos, nuestros bosques y ecosistemas, son bienes comunes, no mercancías que pueden comprarse y venderse. Son los pueblos, no las empresas, quienes deben tener control de estos recursos –para los pueblos, en beneficio de todas y todos y el bienestar general. En ese nuevo sistema, terminaríamos con el consumo excesivo y garantizaríamos la suficiencia energética y alimentaria para todas y todos.

Exigir que los países cumplan con la cuota parte que les corresponde significa desistir de nuevos y discontinuar los proyectos de combustibles fósiles y de extracción dañinos, y hacerlo rápidamente. Significa eliminar los obstáculos que han sofocado el avance de una revolución energética conducida por los pueblos. Y sí, para los países ricos significa efectivamente desembolsar los fondos necesarios para que los países con menos capacidad puedan adoptar las mismas medidas (y además adaptarse a los cambios actuales y resarcir a sus poblaciones por los daños climáticos irreparables).

Para lograr una energía 100% renovable para todas y todos, tenemos que exigir una transición justa que proteja y refuerce los derechos de las/os trabajadores/as, sus comunidades y sus medios de sustento. Los “nuevos acuerdos verdes” propuestos en varios países quizás tengan en cuenta esta demanda, pero amenazan con seguir exacerbando el flagelo neocolonial de la extracción de recursos del Sur Global. Las energías renovables no están en absoluto exentas de problemas, y con mayor razón por eso debemos dejar que sean las comunidades, no las empresas, quienes decidan de dónde procede su energía y cómo se administran y manejan sus recursos.   

El movimiento mundial por justicia ambiental responderá al llamado de las/os jóvenes activistas que exigen justicia climática. En septiembre apoyaremos las huelgas mundiales por el clima. Seguiremos resistiendo, movilizados y transformando hasta, durante y después de las negociaciones de la ONU sobre el clima que se llevarán a cabo en Chile en diciembre. Invitamos a todas y todos a hacer lo mismo.

Otro mundo no sólo es posible, es inevitable. Tenemos que elegir: ese “otro mundo” será o bien justo en términos climáticos, o será un mundo de injusticias, sufrimiento y extinción acelerada de especies. Ante esta elección, rechacemos el dogma neoliberal de la “viabilidad económica” y terminemos con el sistema al que protege. Elijamos la justicia climática.

 

Escuche la entrevista de Radio Mundo Real: En Unos 150 países se preparan movilizaciones ante inacción contra el cambio climático

Una versión de este artículo fue publicada originalmente en Common Dreams